Hoja de sala de la sesión Samuel Beckett: piezas para la televisión, proyectada el sábado 21 de febrero de 2026 en el Centro de Cultura Digital de la Ciudad de México.
Samuel Beckett incursionó en la televisión a la edad de 60 años. Había pasado una vida entregado a la escritura (dramaturgia, novela, poesía), con algunas exploraciones en la radio, y una insoslayable indagación en el cine, de la mano del célebre Buster Keaton, titulada simplemente Film (1965). En los años sesenta la televisión era un fenómeno cultural en disputa plena entre la sospecha y el entusiasmo. La distinción más importante de este medio respecto al cine es su falta de memoria. No hay en su forma rastros de conciencia histórica ni poética. Nos sobrarían dedos de las manos si enumeramos aquellos periodos en que la televisión se elevó a grado artístico. Jean-Luc Godard, Anne-Marie Miéville, Roberto Rossellini, Alexander Kluge, Hartmut Bitomsky, Ingmar Bergman o Rainer Werner Fassbinder seguramente estarían en la lista, pero Beckett extremó, como ninguno, los usos expresivos del medio. Introdujo silencios en el flujo incesante de las imágenes, y aquella función primaria de la televisión de conectar a los unos con los otros, a menudo mediante la estandarización, se vio momentáneamente suspendida.
Quizá sea cierto el razonamiento de Jean-Louis Comolli según el cual, en la televisión, a diferencia del cine en donde el fuera de campo es invaluable, tenemos un campo lleno. Pero también es cierto que, para Beckett, así como siempre intentó hacer de las palabras una nada, sus piezas televisivas tienen más de resta que de suma, de sustracción que de saturación. Cada una de ellas es un círculo oscuro en medio de la luz. No por nada se trata de obras caracterizadas por una cierta violencia respecto al naturalismo televisivo. Esta artificialidad, que rompe con su entorno, que escenifica un espacio acotado, nos descubre que los límites, como principio compositivo, permiten abismos. Recordemos uno de los tantos hermosos aforismos de Antonio Porchia: “Fuera de mi estrecha celda, no hallo holgura”.
Esta desnudez de los elementos hasta mostrar sus fuentes primigenias, estos huesos expuestos, dotan de mayor presencia cada gesto, cada sonido, cada movimiento y cada quietud. Es una herencia de su trabajo escénico, tal vez, pero entre la circunscripción de una habitación Beckett enarbola el sustrato de la realidad en todo su esplendor. Como página en blanco, cada trazo se elonga, cada objeto recupera su individualidad, su duración y su sonoridad, al tiempo que se olvida del umbral exterior. Las imágenes parecen brotar de la bruma por vez primera, instaladas frente a nosotros sin necesidad de metáforas, reificadas en su literalidad y confinadas a sí mismas. Así como Beckett escribió contra las palabras, filma —o compone, sería más apropiado— contra las imágenes. Ya no miramos a través de ellas (representación), sino que nuestra mirada se embadurna hasta hacer indivisible la tensión entre nuestros procesos perceptuales y la materia visual y sonora.
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