Este texto fue preparado originalmente para la hoja de sala de un foco dedicado a Marilyn Contardi el 22 de marzo de 2025 en el Centro de Cultura Digital de la Ciudad de México. Es, quizá, la primera vez que sus películas son vistas por el público mexicano.
El programa que verá a continuación, apreciable espectador, exige de usted ser también un lector. Marilyn Contardi, además de cineasta, es poeta: filma como si escribiera y escribe como si filmara. Si algo comparten sus distintas modalidades de expresión es una voz que avanza como el viento y, en un instante, es capturada por una palabra o un plano apenas para darle un nuevo impulso. No encontrará usted en estos semblantes provisorios intención alguna de fijeza y quietud. Todo es movimiento. Pero uno suave, como la luz del sol en el transcurso del día o el río que esculpe las piedras. ¿Curiosidad, quizá? Inocencia: la de una mirada primera sobre las cosas, incluso sobre los lugares conocidos de toda la vida. Tal inocencia dinamiza la realidad frente sí, la colma de fantasmas, bocetos y tentativas; renueva su incompletitud y la agranda en el tiempo: los elementos espaciales son ahora duración.
La primera película del programa, La vieja ciudad (1969), inicia con un sustrato histórico duro: representaciones pictóricas. Paulatinamente, hay un reencantamiento del museo, de sus piezas, que desemboca en el gran vitral de la vida urbana. Hay, también, un trastocamiento de la palabra: la poesía se vuelve la forma más efectiva de historización. En Zenón Pereyra, un pueblo de la colonización (1991), la localidad que vio nacer a Contardi, un croquis es el punto de partida para desencadenar lo que en cada sitio reverbera. Las paredes hablan animadas por el registro fílmico; los recuerdos se evocan, aun si la evocación es un estado poblado por las actividades diarias, los relojes, los animales y los caminos abandonados. La cámara desplazándose por las vías de tren es por sí mismo un signo de inmersión en la historia del cine. Finalmente, Homenaje a Juan L. Ortiz (1994) sigue la brecha territorial de las películas anteriores, esta vez por una vía misteriosa: la geografía física se decanta cual geografía sensible, trazada por las palabras de ese noble poeta entrerriano que tantos rincones discretos del mundo fundó. Materialmente, quiero decir, porque eso son las palabras: presencias.
A pesar de que el cine es el arte de la precisión, siempre atado a lo real, pocas veces se le destina a dar cuenta, palmo a palmo, de una región distintiva. Se teme que el apego a la vida más ordinaria y particular sea una descortesía para los foráneos. Contardi demuestra que el cine, para erigirse como forma de conocimiento y emoción —un arte de la otredad—, aun si eso lo condena a la soledad (¡hermosa soledad!), ha de apelar a lo singular: aquello que persigue quien desea embarcarse en la aventura de lo desconocido. Queda todo dicho cuando, en Homenaje a Juan L. Ortiz, Contardi pide a unos niños que reciten los poemas de Juanele y ahí confluyen lo viejo y lo joven, lo pétreo y lo airoso, lo escrito y lo hablado, lo serio y lo lúdico, lo fugaz y lo eterno. Pares que son unidad cuando de filmar y escribir en un mismo gesto se trata.