viernes, diciembre 6

A mitad del relámpago

C'est pas moi, Leos Carax, 2024

 

Leos Carax es, sin duda alguna, uno de los cineastas más libres de los tiempos que corren. ¿Qué significa esta libertad? Un dominio absoluto de sus recursos puestos la servicio, no del virtuosismo sino de la imaginación, la inteligencia y, sobre todo, la emoción. No hay en sus decisiones rastro alguno de un pulso titubeante: cada rasgo se abre paso con tal firmeza que no es posible imaginarlo en otra disposición. Carax ha desplegado a lo largo de los años, y C'est pas moi no es la excepción, un arte de los límites: cuanto más claros son, más traslúcido se vuelve su materia cinematográfica. Las restricciones y la libertad, pues, comparten órbita y se encuentran cada vez con una precisión que parece un acto fortuito del azar, o bien, un acto milagroso, como cuando en un plano todavía existía la mirada invisible de Dios y no ya el gesto secular de seguir a la persona amada con la cámara del celular (según nos informa Carax).

    Como Godard, jugando a seguir sus pasos para complacer una comparativa que nunca se concretó del todo, Carax troca toda secuencia hacia un punto de alteridad de la manera más abrupta posible, no con el fin de interrumpirla arbitrariamente sino para componer una emoción más honda que requiere alentar el arrojo del espectador hacia lo desconocido. No hay plano alguno que se instale con comodidad, pero hay una adulteración que toca las notas más delicadas del cine y la sensibilidad humana. Aun si su timbre es algo estridente, los efectos son en demasía suaves y sosegados: un fondo de río que apenas resiente la fuerza de la corriente en la superficie.

    La tarea no es fácil: ¿cómo devolver a los planos su respiración? ¿Cómo dejar que descansen, ellos y nuestra mirada, ciega a causa de un constante influjo de luz? Cada corte en Carax es un parpadeo, cada vez que vira la dirección de un plano, en términos conceptuales pero también de ritmo, tono, textura, color, sonido y silencio, emerge una poética de la reticencia: un no decirlo todo pero proveer el sendero para entreverlo a la distancia. Cada una de estas rupturas, al dejar incompleto lo que iniciaba, renueva una emoción auténtica, consecuencia de una mirada que integra a la ecuación la noche de los ojos cerrados. Todavía más allá: la estructura de Carax es mental, interior, una película que entrelaza el funcionamiento del cuerpo y aquél de las imágenes y los sonidos, ejerciendo una continuidad entre ambos ámbitos y elevando así el cine a un acto de plena vitalidad.

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