Un prince, Pierre Creton, 2023
Un
prince es una obra de lenguajes secretos: el de la horticultura y la
apicultura; el de los perros, las flores y la miel; el del erotismo, la poesía
y las historias; el del amor y la vejez. En los albores de la película, un
profesor de avanzada edad traza en el pizarrón y para sus estudiantes un dibujo
de una planta que tiene en una de sus manos como modelo. No es sólo el intento
de un retrato vago sino el esfuerzo de una prolongación de lo visible que
deriva, no hay de otra, en una oquedad invisible. Todo encuentro, entre una
forma y otra, entre un ser y otro —sea profesor y estudiante o un par de
amantes— implica el nacimiento de un pequeño universo, acaso un dialecto
compartido que se fortifica con el tiempo y crece hacia la hondura de sus reglas
propias. Hay entonces el establecimiento de un primer principio: enseñar, en el
sentido fuerte de la palabra, conduce a quienes se reúnen alrededor de su fuego
a una comunicación más profunda y placentera, si bien los desmarca de la
realidad que los circunda. Más adelante en la película veremos que el mundo de los
personajes será uno donde el erotismo es un aprendizaje y el conocimiento un
aliciente colmado de sensualidad para la variedad de colisiones entre lo uno y
lo otro, lo esto y lo aquello, la flora y la fauna. No es, como una tradición
importante del cine francés ha explorado con persistencia, y que en un primer
momento de la película parece tomar lugar entre los fríos paisajes rurales de
Normandía, un realismo adherido a las cosas materiales. Por el contrario, habrá
un progreso hacia una línea fabulesca, digna de los tapices provenzales del
amor cortés, donde el cúmulo de cosas no dichas ni aterrizadas levantará altas
pasiones, a un tiempo herméticas y serenas como el florecimiento de un jardín
grácil. Acaso que lo terrenal dé paso a lo celestial no sea sino la única opción
para anclarse en lo sublime, entendido como lo que no se puede dominar, y hacer
visible la belleza de las cosas que de tan intensas no facilitan su
consignación. El príncipe Kutta, que durante toda la película es una sombra
presente a través de la palabra, se ilumina hacia el final como evidencia de lo
inenarrable. Aun si los personajes alcanzan el amor, no dejan de buscarlo
infatigablemente. Un prince, que no es una película terrenal ni
espiritual tanto como el puente que la imaginación traza entre ambas orillas,
abre un camino de descubrimiento en que lo mismo se descubre la horticultura
que el cuerpo del ser amado. Y el tiempo mismo, ahí la magia, forma parte de tan noble liturgia.